El pasado 16 de marzo fallecía la pedagoga y escritora Josefina Aldecoa (La Robla, León, 1926).
Componente de la llamada “generación del 50”, Josefina Aldecoa dedicó su vida, además de a la literatura, a la docencia; y fundó el Colegio Estilo, basado en la doctrina de la Institución Libre de Enseñanza.
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Fundadora de un colegio y escritora. ¿Cuál es el oficio y cuál la pasión?
Mis cuadernos me acompañan todo el año: los de enseñar y los de escribir. Tengo 80 años y todos los días me levanto para ir al colegio. No puedo renunciar a la enseñanza, me da vitalidad. Me liga a la sociedad y a la sabia nueva. Me estimula el día a día. Me gusta tener la obligación de acudir a las aulas. Tener la oportunidad de relacionarme con los padres y las madres, con el profesorado y con los alumnos.
La literatura en cambio es un trabajo solitario. Escojo el verano, que lo tengo de maestra y por lo tanto es largo, y lo dedico a ordenar todas esas notas que he ido apuntando durante el curso y que pueden terminar siendo una novela o un cuento. O nada.
(Fragmento de una entrevista realizada en Santander durante un curso de la UIMP y publicada en El País Digital)
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De entre su amplia nómina de publicaciones, recomiendo Historia de una maestra, primera novela de la trilogía de lectura separada junto con Mujeres de negro y La fuerza del destino.
En esta novela, Josefina Aldecoa realiza un magnífico retrato de la vida de Gabriela, una joven maestra que lucha contra el analfabetismo y la pobreza de espíritu, tan arraigados en la España que abarca desde los años veinte hasta la guerra civil.
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“… yo vería una vez más mi nombre escrito entre otros muchos. Gabriela López Pardo, Maestra…
Acabo de leer, por primera vez, un libro en formato digital y, pese a las reticencias iniciales, ha resultado una experiencia interesante.
Jamás un libro electrónico podrá alcanzar el encanto del libro tradicional. Siempre le faltará el olor, el tacto, el volumen y el peso. Pero quizás la ausencia de estos dos últimos elementos lo convierte en una manera más atractiva de leer en vacaciones, cuando se está de un lado para otro y cualquier aligeramiento del equipaje se agradece.
No obstante, sé que seguiré leyendo libros en papel; que cuando tenga que hacer una maleta la semana que viene, en ella irán tres o cuatro libros de verdad (eso sí, en formato de bolsillo, pues me estoy dando prisa en terminar otros que pesan más antes de irme); que seguiré pasando horas ordenando y buscándoles sitio en las estanterías de casa; y que la entrada en cualquier librería continuará siendo un peligro para mi recién reducido sueldo.
Un libro siempre será un libro, pero a las historias, que es al final lo que nos interesa a los lectores, podemos acceder desde diversos medios y, de vez en cuando, hay que hacer pequeñas concesiones ante las nuevas tecnologías, que a veces, muchas veces, nos facilitan la vida.
M. tiene más de ochenta años y quién sabe si su Alzheimer le permite recordar los tiempos en los que tenía que salir de casa huyendo de la ira de un marido que amenazaba con matarla. ¡Eran otros tiempos…!
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J., a sus sesenta años, jamás ha recibido un golpe de la persona que, durante más de treinta años de matrimonio, se ha encargado de ir minando su autoestima.
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F., de cuarenta y cinco años, soportó no pocos golpes durante los primeros años de matrimonio. Las gafas de sol la acompañaban con demasiada frecuencia. Pero pudo poner fin a aquel calvario.
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Mt. tiene veinticinco años y no sufre maltrato físico, pero apenas se maquilla y casi nunca se arregla el pelo. A su marido no le gusta y no quiere molestarlo… ¡Ojalá algún día abra los ojos!
Sin Vicente Ferrer, el mundo ha quedado un poquito más huérfano…
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“Tengo muy claro que ninguna acción buena se pierde en este mundo.
En algún lugar quedará para siempre“, Vicente Ferrer.
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Permanecerán sus más de cincuenta años de dedicación a la población más desfavorecida de La India, los hospitales, las escuelas, las viviendas… Y el mejor ejemplo de filantropía.
Cinco años después nos queda el recuerdo, el dolor, la rabia y, ¡qué remedio!, la esperanza.
“Dejadme la esperanza”, decía el poeta.
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11 de marzo
El tren sigue imperturbable su camino.
Limpia el vaho del cristal.
Ya no divisa el vertedero humano
del mundo de las contradicciones,
ahora pasa junto a un campo de amapolas
y ve como Camile y Jean, su hija y ella,
bajan una pendiente entre la hierba
mientras Monet plasma su adoración en el lienzo.
Salta entonces del vagón agónico
y se mezcla entre los topacios terciopelo
y siente la húmeda caricia del césped silvestre
que impregna de frescura sus piernas a cada paso.
Se descalza para pisar la tierra,
gira sobre sus pies para otear el horizonte
y grabar en su retina la belleza de la luz,
con todos sus matices.
Y alguien desempolva el arpa que se hallaba dormida
bajo la corteza de un sauce
y le canta una nana con arpegios
que son mariposas
que vuelan besando sus párpados.
Y se tumba dichosa sobre la técnica púrpura
y una nube de azúcar
Y sueña que sigue viva en un marzo de esperanza
que ya huele primavera.